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Fuente de imagen www.twitter.com/Maskalata_Sev

Otra semana que me lanzo a la calle en busca de la mejor cena en Sevilla. Despierto todos mis sentidos. Con la vista amplio mi radar de búsqueda. Con el oído percibo los bares más ambientados. Con el olfato sigo los olores más atrayentes. Dichos olores entran por los orificios de mi nariz e inundan mis pulmones. ¡Bingo! bar a la vista. Es el bar Maskalata, situado justo donde antes debiera estar La Tata. He usado tres de mis cinco sentidos y voy despertando mis otros dos sentidos para que se preparen y pasen a la acción.

La ola de calor (de todos los veranos) empieza a hacer estragos en Sevilla, así que para aplacarla antes de la Cruzcampo mejor una Cola Cola bien helada. La Coca Cola desaparece como por arte de magia. Junto con las bebidas nos ofrecen unas aceitunas de aperitivo. Esto es una grata sorpresa para mi ya que es una costumbre que al parecer está cayendo en el olvido entre los bares sevillanos. «Minipunto» de entrada para Maskalata.

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Es Domingo de Ramos en Sevilla, «la caló» aprieta, aglomeraciones de gente por todas partes con sus mejores vestimentas para la ocasión. Las señoras combaten el tiempo a base de golpe de abanico, los caballeros «enchaquetados» se aflojan la corbata y los niños se quitan las rebecas. El sol brilla desde lo alto haciendo lucir un principio de Semana Santa inmejorable. 

Me encuentro con mi familia pateando media Sevilla para conseguir llegar a ver una procesión desde la otra punta (no me pidáis recordar cuál procesión era, ya que me sé mis favoritas y para de contar). Al llegar al lugar en concreto para nuestra desesperación, nos comenta una mujer que ya se ha situado en primera fila para ver la procesión sin haber pasado aun ni un nazareno, que la cofradía va con una hora de retraso. Los tacones empiezan a hacer estragos. Es en este punto cuándo decidimos que ya es hora de un descanso y un refrigerio (llámese Cruzcampo). Empieza la operación búsqueda y conquista de una mesa en un bar de Sevilla en un Domingo de Ramos, tarea ardua y cuánto menos difícil.

Probamos en varios bares de la zona (Avenida de la Constitución) sin suerte. Al fin vemos la luz al final del túnel y vislumbro una mesa a lo lejos con dos sillas,  «las otras cuatros que nos hacen falta ya me encargaré de conseguirlas» (pienso para mis adentros). Voy casi al galope para llegar antes que nadie, lo consigo, pero se me acerca el camarero y me comunica con altivez: «aquí es obligatorio consumir medias raciones o raciones». Parece como si mis pies tuvieran vida propia y a modo de latigazo de dolor ladraran al escuchar al camarero.

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