Category: Restaurantes/bares

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Foto tomada directamente en el restaurante NAZCA

Una semana más nos comemos la vida. Pero hay veces que la vida nos da un bocado a nosotros. Y es que el motivo de reunión esta vez no era otro más que el de despedir a una gran amiga, llamémosla «M».

Nos llamaban la generación «nini», luego «la generación pérdida», pues me da igual lo que nos digan, para mi somos la «generación luchadora». Una generación que se adapta a los constantes cambios, que nos piden saber de todo. Y lo más importante, no se rinde y lucha por cambiar el presente que nos han dejado por un futuro más próspero y esperanzador.

En esta ocasión la despedida es motivo de celebración, por el próspero futuro de «M» (porque es un hasta luego) y nos haremos algunas que otras «visitillas». Así que qué mejor manera de celebrarlo que empezar por una ruta tradicional sevillana para que «M» se vaya con muy buen sabor de boca.

Si eres sevillano y estas leyendo esto ya sabes por donde empieza la ruta pero para los que no, os lo aclaro. La ruta empieza en los míticos Soportales del Salvador. Preparados, listos, ya, primera ronda de Cruzcampo.

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Fuente de imagen www.twitter.com/Maskalata_Sev

Otra semana que me lanzo a la calle en busca de la mejor cena en Sevilla. Despierto todos mis sentidos. Con la vista amplio mi radar de búsqueda. Con el oído percibo los bares más ambientados. Con el olfato sigo los olores más atrayentes. Dichos olores entran por los orificios de mi nariz e inundan mis pulmones. ¡Bingo! bar a la vista. Es el bar Maskalata, situado justo donde antes debiera estar La Tata. He usado tres de mis cinco sentidos y voy despertando mis otros dos sentidos para que se preparen y pasen a la acción.

La ola de calor (de todos los veranos) empieza a hacer estragos en Sevilla, así que para aplacarla antes de la Cruzcampo mejor una Cola Cola bien helada. La Coca Cola desaparece como por arte de magia. Junto con las bebidas nos ofrecen unas aceitunas de aperitivo. Esto es una grata sorpresa para mi ya que es una costumbre que al parecer está cayendo en el olvido entre los bares sevillanos. «Minipunto» de entrada para Maskalata.

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Musaka de bacalao de Velouté

Fuente de imagen www.veloute.es

He sido dura de roer con la comida. Si por mi hubiera sido de chica, me habría alimentado solo a base de espaguetis con tomates y un petit suisse cada día. Menos mal que mis padres se han encargado de alimentarme con algo más que eso. De hecho ahora celebro el día que hay lentejas mientras que de niña al negarme a comerlas, alguna que otra vez, han caído sobre mi cabeza.  Un método engorroso y sucio pero eficaz, puesto que ahora me encantan. He de reconocer también que ahora soy una adicta al tomate, pues gracias a él he tapado algún que otro desagradable sabor. Efectivamente soy «mayonesera», tomatera y reina del ketchup. Pero con los años una paleta de sabores se ha abierto ante mi.

El fin de semana pasado quedó inaugurado oficialmente el verano de 2015. Quedan muchos fines de semanas más de «frescas noches». Veraneantes en Sevilla no contentaros con freir un huevo en el «calentito» suelo a 50 grados. Si algo hay en Sevilla son bares y restaurantes para todos los gustos. La oferta es cada vez más amplia y variada. Tenemos desde la tradicional tortilla, el sabroso san jacobo  y las croquetas caseras hasta tartar de salmón, canelón de bacalao, sushi fusionado con cocina española etc. Yo soy fan de ambos estilos de cocina. Soy fan de los, bares, de los resturantes, de los «gastrobares»,  de los fusionados y del mundo de la hostelería en general. Y el que hoy nos acontece en particular es La Velouté tapas y pinchos.

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Es Domingo de Ramos en Sevilla, «la caló» aprieta, aglomeraciones de gente por todas partes con sus mejores vestimentas para la ocasión. Las señoras combaten el tiempo a base de golpe de abanico, los caballeros «enchaquetados» se aflojan la corbata y los niños se quitan las rebecas. El sol brilla desde lo alto haciendo lucir un principio de Semana Santa inmejorable. 

Me encuentro con mi familia pateando media Sevilla para conseguir llegar a ver una procesión desde la otra punta (no me pidáis recordar cuál procesión era, ya que me sé mis favoritas y para de contar). Al llegar al lugar en concreto para nuestra desesperación, nos comenta una mujer que ya se ha situado en primera fila para ver la procesión sin haber pasado aun ni un nazareno, que la cofradía va con una hora de retraso. Los tacones empiezan a hacer estragos. Es en este punto cuándo decidimos que ya es hora de un descanso y un refrigerio (llámese Cruzcampo). Empieza la operación búsqueda y conquista de una mesa en un bar de Sevilla en un Domingo de Ramos, tarea ardua y cuánto menos difícil.

Probamos en varios bares de la zona (Avenida de la Constitución) sin suerte. Al fin vemos la luz al final del túnel y vislumbro una mesa a lo lejos con dos sillas,  «las otras cuatros que nos hacen falta ya me encargaré de conseguirlas» (pienso para mis adentros). Voy casi al galope para llegar antes que nadie, lo consigo, pero se me acerca el camarero y me comunica con altivez: «aquí es obligatorio consumir medias raciones o raciones». Parece como si mis pies tuvieran vida propia y a modo de latigazo de dolor ladraran al escuchar al camarero.

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