CAP 4 «MORDOR» TEMPORADA 1ª DE “EL FASCINANTE CAMINO HACIA LA MUERTE”

Por fin todo fluía tras un tiempo turbulento de inestabilidad.  Caminaba por las bulliciosas calles de Madrid, el humo pasaba a través de mis pulmones y el maravilloso ruido de los coches es música para mis oídos. Me sentía poderosa, invencible, madre de dragones, serpientes y unicornios. Había encontrado un techo para vivir y no solo eso, una pandilla que se convirtió en mi familia madrileña.

Caía la tarde en el piso y nos no hace falta mucho para montar una buena jarana. Empezamos con exquisitos manjares italianos y pócimas burbujeantes y chispeantes. Empezamos cuatro pero a la media hora nos hemos multiplicado. Cuando ya no cabemos más en el salón nos expandimos a la cocina. Allí nos esperaba el señor oruga tras una capa de denso humo hipnotizante. Los relucientes azulejos hacen las veces de bola de cristal. A las 2 de la mañana surge un concurso de baile improvisado una rana cubana, un fuego fatuo, una araña con marcadas en cada una de sus patas y yo. Sobra decir que triunfé por todo lo alto.

A las cuatro de la mañana mi exultante confianza tras ganar me hace conocer a un potente caballero literalmente muy bien armado. De repente me veo hablando en un idioma hasta entonces para mí desconocido. Me cuenta que proviene de un lejano país gobernado por un gran ardiente y cotilla ojo. Para las 7am ya hablaba mil lenguas, y el caballero armado vio lo más profundo de mi ser con su fulgurante propio ojo interno.

Se sucede el domingo, lo paso inducida en una especie de coma entre lo soñado, lo vivido sin distinguir realidad de delirios. A eso de las siete de la tarde recupero mi cordura y tras un mentolado antítdoto milenial mi estómago se calma y encuentro la paz.

El lunes me levanto aún con la risa en la cara, la fiesta me ha dejado embriagada de música, bailes y destornillantes momentos como aquel en el que una armónica amenizaba la velada, las notas salieron de su interior, cobraron vida  por unas horas se dedicaron a hacer cosquillas a los allí presentes haciéndolos bailar hasta romperse la tibia, el peroné y volver a recomponerse para empezar otra vez.

El inicial bienestar de la primera hora de la mañana me dura muy poco. Llevo ocho capas para combatir el gélido frío del alba. Entro en el metro, la gente luce un pálido gris en sus caras. Cuando voy por el nivel menos tres dejo de escuchar conversaciones para solo percibir guturales rugidos. El calor se hace intenso y sofocante, bajo las últimas escaleras y leo bien grande “INFRAMUNDO – último nivel previo al núcleo terrestre”.

El vagón abarrotado de despojos humanos vivientes nos conduce a nuestro inevitable destino. Al cabo de una hora paramos en seco. A pesar de los inmutables semblantes puedo sentir un general malestar. Quiero salir corriendo en dirección contraria pero un campo de fuerza invisible tira de nosotros hacia el temible castillo de las interminables malditas tareas. Justo al doblar la esquina aparece un imponente amasijo de hierros y cristales, se nos corta la respiración en el acto.

El sábado queda ahora como si del año pasado se tratase. Solo inconexas imágenes relampaguean en mi mente. Los nazguls  de la entrada nos empujan al interior con sus afiladas lanzas. Me dedico a diseñar publicidad pero hace tiempo que por desconocimiento vendí mi alma y talento al malvado lord innombrable “Para ayer”. Para cuando ya era tarde pasaba más días encadenada con vastos grilletes al frío de una computadora y a una mesa que compartía con seis diseñadores más, todos controlados por el dementor Yago. Él se encargaba de que cumpliéramos nuestras tareas en un tiempo límite, sin pausa pero sin pasión para así mantener una falsa calma. Cabezas gachas, bocas cerradas y no chistar. Procurábamos no hacernos notar sino las cabezas rodaban. Pero con el tiempo la situación se hizo insostenible. Pasaban los meses y era más el tiempo que pasaba encarcelada que libre en Madrid con la pandilla explorando la ciudad. Mis entrañas con el tiempo cada vez rugían más, en mi pecho se instaló un grito ahogado por la supeditación ante dominantes ignorantes pero peligrosos por su poder. Yo era una auténtica bomba de relojería, demasiado tiempo en la sombra, sin voz ni voto, ni pensamiento propio.

A veces el comienzo del cambio no se hace notar de repente como un tsunami, sino más bien como una gota que con el tiempo se convierte en riachuelo y se abre camino rompiendo puntiagudas montañas. Esto mismo me sucedió a mí. Al final de una larga semana en la que mi tarea explícitamente fue solo cambiar puntos y comas y escuchar órdenes de gigantes bebés, después de horas del metro del infierno, largas colas en aglutinados supermercados mi interior hizo clic. Este clic surtió en mí un efecto dominó. Iba a cambiar mi presenten y mi destino. Toda esa rabia contenida ahora en vez de aletargarme y consumirme era el combustible de mi lenta pero imparable revolución. No quería despeñarme de la montaña sino más bien coronarla y abrazar la cima. Y para esto necesitaba y tenía un triunfal plan.

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