Month: noviembre 2018

Las semanas eran un círculo vicioso. En mi mente poco a poco se fue materializando un presente muy diferente al que me enfrentaba cada amanecer. Un presente que instalé en mi ser como proyecto de futuro. En ese futuro yo tenía alas, volaba hacía el sur. Construía una reluciente casita brillante de zafiro con vistas al rió verde esperanza bañado por un sol muy cercano y dorado que daba calidez a mis aposentos. Daba rienda suelta a mis creaciones.

Fantaseaba con dejarlo todo, pero sabía que tenía que jugar bien mis cartas. Comencé a tejer mi tela de araña. En mi tiempo libre me dediqué a entrenarme, desde mi  habitación hacia llegar palomas mensajeras por todo lo ancho y largo del país para dar a conocer mi trabajo a ofrecer.

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Por fin todo fluía tras un tiempo turbulento de inestabilidad.  Caminaba por las bulliciosas calles de Madrid, el humo pasaba a través de mis pulmones y el maravilloso ruido de los coches es música para mis oídos. Me sentía poderosa, invencible, madre de dragones, serpientes y unicornios. Había encontrado un techo para vivir y no solo eso, una pandilla que se convirtió en mi familia madrileña.

Caía la tarde en el piso y nos no hace falta mucho para montar una buena jarana. Empezamos con exquisitos manjares italianos y pócimas burbujeantes y chispeantes. Empezamos cuatro pero a la media hora nos hemos multiplicado. Cuando ya no cabemos más en el salón nos expandimos a la cocina. Allí nos esperaba el señor oruga tras una capa de denso humo hipnotizante. Los relucientes azulejos hacen las veces de bola de cristal. A las 2 de la mañana surge un concurso de baile improvisado una rana cubana, un fuego fatuo, una araña con marcadas en cada una de sus patas y yo. Sobra decir que triunfé por todo lo alto.

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